Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento.
Canto XII
Giacomo Leopardi

Después de escuchar el increíble relato de Anri Berton, apoyado por un vídeo con sus propias declaraciones ante un comité espacial, el psicólogo Kris Kelvin decide emprender el viaje para desmontar huella historia ilógica. Agnóstico hasta lo devoto, si Kelvin acepta trasladarse hasta Solaris es porque considera la ciencia una suerte de obsequio de la exactitud, y porque las palabras de su padre “Eres demasiado duro, la gente como tú no debería ir al espacio”) parece retarlo interpretando al mismísimo Edipo. Antes de embarcar hacia ese amarillento océano espacial, Andrei Tarkovski esculpe el tiempo. El director traslada a su equipo de rodaje a Japón. Esto es lo que filman: Berton tiene la última comunicación por videoconferencia con el padre de Kelvin en presencia del propio Kris, le comunica que ha visto en un orfanato al mismo niño de cuatro metros que vio en Solaris. Nada esencial en la historia, pero continúa; cinco minutos de secuencia en los que la cámara persigue varios coches a través de túneles infinitos, ruidos metálicos y cambios de color. En esta subsecuencia Tarkovski no se detiene, tampoco se deja llevar por el hilo narrativo, lo que hace es alongar el tiempo entendido como una idea que “desaparecerá en el entendimiento humano”, como diría Kirilov, el Zaratustra de Dostoievski en Los endemoniados.

Solaris (1972) es una película religiosa. Se trata del enfrentamiento de disposiciones entre creyentes y agnósticos. Como Kirilov, Tarkovski se plantea contender a Dios a través del tiempo. Su relación con los hechos del hombre le sirve para indagar en una profunda reflexión sobre el lapso de vida, aquel que es contable sólo a través de la misma existencia. Si hay tiempo, hay hombre. Si hay hombre hay dolor, y si hay dolor hay Dios (y miedo a Él). A Javier Artero (Melilla, 1989) también le interesa el transcurso del tiempo, el peregrinaje humano a través de él, y por eso le importa el paisaje. La relación surge en cierto momento durante la primera mitad del siglo XIX; el hombre deja de verse como centro de la creación. Según las teorías copernicanas, el ser humano y su Dios ya no son el eje de un Universo atento. Los límites se difuminan y el hogar elegido se convierte en cualquiera, la casa está por moldear, el humano se convierte en un creador abrumado por la vastedad de un espacio infinito. Desamparado, el hombre afianza su idea del yo, erigiéndose como héroe en su cosmos personal para afrontar lo único, una inmensidad opresora. Dos universos contrapuestos que como imanes tienden a acercarse; donde el Héroe y el Único se tocan es belleza, la belleza es todo lo que une. Atemporal por infinita, la belleza no se rige por la volatilidad del hombre, por lo que sólo puede encontrarse en el paisaje, en lo sublime de lo inabarcable e imperecedero. A esto se le llamó Romanticismo.

En El Periplo, diferentes personas se unen para contemplar un paisaje invisible. Lo sublime está aquí velado. Los románticos creían que el único método posible para acercarse al Único era el acto estético, una militancia creativa. Los personajes de Javier tuvieron todos la misma idea cuando llegaron al mismo lugar, aunque en diferentes momentos; atalayar el horizonte. Ataviado con su cámara, Javier supo esperar el momento, conociendo que las ansias de atisbar del turista es poderosa. Así entendemos que existe un paisaje, eminente, aunque quizás no sea oportuno conocerlo. Lo que parecían personajes alienados se convierten en bisagras de algo más elevado, esto es; de la imposibilidad. Al negarnos sus rostros desconocemos sus semblantes por lo que, por principio cuántico, las caras poseen todos los gestos y ninguno al mismo tiempo. Seríamos capaces de intuir lo visualizado a través del rictus consecuente, pero incluso cuando nos acercamos a través de la fotografía a estos personajes no encontramos más que opacidad. Javier está fotografiando al Único. Como espectadores de una verdad latente, no podemos más que actuar de fe, un asalto a un todo inconcebible y desconocido. Podría ser la nada, un simple horizonte marítimo, una ciudad humeante o el rostro del Todopoderoso, poco importa. Sólo nos queda sufrir ante la imposibilidad del conocimiento, ante la parvedad del tiempo, ante nuestro carácter efímero.

Kris Kelvin se reencuentra con su esposa Hary en Solaris. Hary, que había muerto por suicidio (adelantarse a la Voluntad) diez años antes en la Tierra es la respuesta de un planeta capaz de leer los miedos de sus intrusos. Derrumbada su certeza en la razón, Kelvin pretende volver a enamorarse del espejismo de Hary, pero éste toma conciencia. No es real. Para serlo debería aprender del paisaje, de las escenas rehechas sobre lienzo a través de la belleza. Por eso queda fascinada de Cazadores en la nieve, una escena de invierno que pintó Pieter Brueghel “El Viejo”, hasta tal punto que toda su memoria, todo su tiempo, ha sido el cuadro. Los protagonistas de El Periplo parecen absortos porque emergen fijados. Sus movimientos existen, pero son tan acompasados que parecen dilatar la experiencia. El tiempo se transforma en una materia moldeable, sumisa, regida por el antojo de la vida. En aquellos túneles de autopistas japonesas, Tarkovski quería maximizar la angustia, el misterio en un espectador incapaz de fijar un paisaje en movimiento. Hary entendió que el paisaje nevado, quieto en la tela, sólo pertenecía a una vida que ella no sintió. Javier, al negarlo, se centra en la reminiscencia visual de un romanticismo flemático, que se ha visto superado por una ciencia tan abstracta como estricta, por un mundo insensible y descuidado. En el paisaje, entonces, sólo el tiempo es una opción.

Juan Jesús Torres, 2015.